Wednesday, July 27, 2005
posted by felipe at 3:38 PM
DIFERENCIA Y DESIGUALDAD 20-7-2005




Mucho se habla de que todos somos iguales, todos tenemos los mismos derechos.
En Atrio he leido este magnifico articulo de José María Castillo, catedrático de Teologia de la universidad de Granada que es mu clarificador y valiente


LA diferencia es un hecho. La igualdad es un derecho. Por eso la desigualdad es la violación de la igual dignidad que todos los humanos tenemos por el hecho de ser coincidentes en lo que a todos nos iguala: todos somos humanos.

Pero ocurre que, con demasiada frecuencia y sin darnos cuenta de lo que realmente pensamos y decimos, se produce un deslizamiento de la diferencia a la desigualdad. Todos somos diferentes: unos más fuertes que otros; unos más ricos que otros; unos más listos que otros, etcétera. Así las cosas, si fuera cierto que la diferencia justifica la desigualdad, entonces resultaría que el fuerte tendría más derechos que el débil; el rico más derechos que el pobre; el listo más derechos que el torpe, etc. O sea, lo que en realidad ocurriría es que terminaría por imponerse la ley del más fuerte. Y la sociedad se convertiría en una selva.

Hubo tiempos, antiguos y bárbaros, en los que los hombres se pensaban que tenían más dignidad y más derechos que las mujeres. Los señores también se veían con más dignidad y más derechos que los esclavos y los siervos. Los nobles igualmente se creían que eran más dignos y tenían más derechos que los plebeyos. Los justos se imaginaban que les correspondían derechos que no podían tener los pecadores. Los fieles estaban seguros de tener más derechos que los infieles. Y así sucesivamente.

Lo más grave del asunto es que los fuertes no sólo veían así la vida, sino que, durante siglos y siglos, se han dedicado a poner en práctica su ley, la ley del más fuerte, sin piedad, invocando incluso la autoridad divina para actuar de forma tan salvaje. Por eso hay personas que, aunque vivan hoy, en realidad viven en tiempos antiguos y bárbaros. Son los que siguen pensando que los hombres tienen derechos que no pueden tener las mujeres, los que defienden que los empresarios tienen derechos que no pueden tener los trabajadores, los que aseguran que los ricos tienen derechos (pagar una fianza) que nunca podrán poner en práctica los pobres. Y son también –lo diré de una vez– los que se echan a la calle para defender que los homosexuales no pueden tener los mismos derechos que los heterosexuales.

En los tiempos antiguos y bárbaros, a los homosexuales se les quemaba vivos en la plaza pública, como se hacía con los herejes, las brujas, los infieles. Luego, con el paso del tiempo, esa ley se humanizó. A los homosexuales no se les quemaba, ni se les metía en la cárcel. Pero su libertad estaba controlada. Hasta que ha llegado el momento en que se les ha igualado en derechos con los demás ciudadanos. Cosa que algunos no pueden soportar. Porque dicen que eso atenta contra la familia. Y amenaza a la sociedad.

A mí me parece que el fondo del problema está en saber si lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, consiste en el instinto que une al macho y a la hembra para procrear, de manera que así sea posible que sigan naciendo hijos y no se acabe la especie. O si, más bien, lo esencial y específico de la sexualidad humana, el culmen de su razón de ser, no se limita a la facultad de procrear, sino que (eso supuesto) lo que caracteriza al sexo, entre los humanos, es la entrega de una persona a otra, la entrega mutua que así expresa y comunica el amor propiamente humano. Hay quienes dicen que esto es un asunto discutible. En cualquier caso, lo que, según creo, no admite discusión es que, si se prefiere la primera solución, en ese supuesto se tiene una idea de la sexualidad humana que poco se distingue del mero instinto animal, ya que, de ser eso así, el amor y la entrega entre las personas no es el culmen y la plenitud, sino una fuerza que atrae a los machos y a las hembras para unirse y copular para tener hijos y que así la vida humana no se acabe en este mundo.

La moral católica ha dicho siempre que lo central es el amor. Pero con tal que sea un amor abierto a la procreación. Con lo cual, lo que en realidad se está diciendo es que lo que nunca puede faltar es la posibilidad de procrear, por más que falte el amor, como de hecho ocurre en tantas familias, en las que se cumplen todos los requisitos de los códigos religiosos, pero las personas no se quieren y a duras penas se soportan. O sea, se antepone la posibilidad de procrear legalmente al amor, por muy fuerte que éste sea.

Por supuesto, cada cual es libre para defender la idea que le dicte su conciencia, su confesor o su catequista. Pero con tal que nunca una idea sea más importante que una persona. Y menos aún que, por una idea, se humille y se amargue la vida a millones de personas. Sabemos que hay personas del mismo sexo que se quieren de verdad, pero no pueden expresárselo. O si se lo expresan, no pueden tener los mismos derechos que tienen los que se quieren desde la diferencia sexual. Porque hay una idea (supuestamente divina) que, a muchas personas que se quieren, les prohíbe el amor. O limita ese amor de tal manera que lo reduce a casi nada. En este asunto, como en tantos otros, siempre se ha impuesto la ley del más fuerte. También en esto, la diferencia se ha convertido en desigualdad. Es comprensible que los hombres de la religión defiendan sus ideas. Pero que no impidan que el legislador organice la convivencia de las personas de forma que todos tengamos los mismos derechos. Porque todos tenemos la misma dignidad. Y merecemos el mismo respeto.
 
Tuesday, July 12, 2005
posted by felipe at 12:08 PM
El valor de elegir, Fernando Savater

Ahora que se habla de elegir entre seguridad y libertad no estaría de más reflexionar junto a Savater de el valor de elegir un libro, como todos los suyos, bastante interesante.

Preguntarse por la libertad es hacerlo a la razón y al corazón de nuestra vida. Reconocer el valor de ser, sentirse y vivir libre es reconocerse como humano y por ello aceptar el compromiso feliz e inexcusable del esfuerzo continuado. Una tarea para toda la vida.

Es el tema de este libro. Para empezar, ingenuamente, puede plantearse así: ¿En qué consiste la libertad? ¿Existe realmente la libertad, ¿es algo que tengo antes de saberlo, algo que sólo adquiero al saber que lo tengo o algo que para tenerlo debo renunciar a saber con precisión qué es? ¿Soy capaz de libertad o soy libertad y por ello capaz de ser humano? Y tantas, tantas: demasiadas preguntas.


Para Savater la libertad es un concepto del que se ha hablado mucho y del que en su forma más profunda se desconoce debido a que la libertad es un término que, como el amor, sirve para definir mil y una cosas que nada tienen que ver entre sí.

Analizando las propiedades de otros seres vivos encuentra que todos ejercen funciones biológicas para las que están adaptados genéticamente y que llevan a cabo con gran eficiencia, fruto de millones de años de evolución.

Al contrario, los seres humanos carecemos de especializaciones anatómicas que nos hagan mejores frente al entorno (e inclusive somos organismos biológicamente vulnerables), pero a cambio nuestro cerebro nos permite adaptarnos a diversas condiciones del entorno por el uso de herramientas, del lenguaje y por nuestra capacidad para encontrar la forma de aprovechar los recursos disponibles.

Savater muestra la aparente losa pesada que gravita por encima de la cabeza de los hombres (el tener que elegir constantemente) como la esencia de la condición humana, el elemento que nos diferencia del resto de los seres vivos y el núcleo de la libertad. Sin embargo, el decidir y la libertad son hechos que suceden en un plano de acontecimientos que producen consecuencias de todo tipo para quien elige y para su entorno.
El ejercicio de la libertad, de acuerdo con Savater es un acto continuo que conforma nuestra vida y que le da sentido, siempre y cuando podamos comprender que lo único permanente es lo efímero y que la plenitud del ejercicio de la libertad se encuentra no en la búsqueda de absolutos siempre elusivos y por los cuales los hombres han peleado y muerto constantemente desde el alba de los tiempos y las ideas, sino que es parte del devenir cotidiano con el que debemos transar para prolongar nuestra existencia en el plano de lo finito y cotidiano para los demás.

El Valor de Elegir es también un texto que combate de frente y sin concesiones el relativismo existencial de nuestro tiempo, donde todas las ideas por descabelladas que sean pueden tener tanto valor como el hecho científico más comprobado y estudiado .